Casi toda su vida transcurre bajo tierra, en una red de galerías que funciona como una trampa: las lombrices y larvas que se mueven por el suelo caen en los túneles, y el topo las recoge al patrullarlos. Cuando hay abundancia, sobre todo en otoño, guarda despensas de lombrices vivas a las que inmoviliza con un mordisco en los primeros segmentos. Se han encontrado almacenes de varios cientos de lombrices, y uno de 790 que pesaban kilo y medio, comida para más de tres semanas.
Su cuerpo es una herramienta de excavar. Tiene un hueso extra en forma de hoz junto al pulgar que ensancha la palma, como un sexto dedo. En la punta del hocico, desnudo y rosado, lleva más de 5.000 diminutos órganos táctiles (los órganos de Eimer, descritos precisamente en esta especie) que le permiten «leer» el suelo. Su sangre capta oxígeno con una eficacia superior a la normal, una adaptación al aire pobre de las galerías.
La taxonomía del grupo se ha movido mucho. En 2017 se describió el topo aquitano (Talpa aquitania), que ocupa el suroeste de Francia y el norte de España. Por eso muchos registros antiguos de «topo europeo» en la península ibérica corresponden en realidad a esa especie o al topo ibérico. El europeo se extiende desde Gran Bretaña hasta el oeste de Siberia, y falta en Irlanda.
Cuerpo cilíndrico sin cuello aparente, de 11-16 cm, con una cola corta de 2,5-4 cm que lleva levantada. Pesa 72-128 g; los machos pesan un 26-33 % más que las hembras, y los animales son más pequeños en latitudes y altitudes altas. Las patas delanteras son enormes, en forma de pala y giradas hacia fuera, y el hocico es rosado y desnudo. Los ojos, de un milímetro, quedan escondidos en el pelo, y no tiene orejas externas. El pelo es corto y aterciopelado, gris pizarra oscuro o negro, y se peina en cualquier dirección, lo que le permite avanzar y retroceder por el túnel sin rozamiento. Las secreciones de unas glándulas pueden teñir el vientre de tono amarillento. Los colores anómalos son más frecuentes que en casi cualquier otro mamífero: albinos, crema, albaricoque, anaranjados, plateados y moteados de blanco.
Con qué se confunde:
• Otros topos del género Talpa. Es la confusión real y, en el campo, no tiene solución. En el topo europeo los párpados están abiertos y el ojo se ve como un punto negro al separar el pelo. En el topo aquitano, el ciego (T. caeca) y el romano (T. romana) la piel cubre el ojo. Además, en los molares superiores del europeo una cúspide concreta aparece dividida en dos; en el aquitano suele ser simple. Así que sólo un animal en mano, o su cráneo, permite asegurar la especie.
• Dónde coincide con otros topos. En Francia convive con el aquitano a ambos lados del Loira, que no es una frontera estricta. En Italia, con el ciego y el romano. En los Balcanes, con el ciego y otros topos.
• Musarañas. Son mucho más pequeñas, con ojos visibles, orejas y patas delanteras normales.
• Ratas topo y topillos excavadores. Son roedores, con incisivos de roer, ojos y orejas visibles y patas delanteras normales.
Al topo casi nunca se le ve; lo que se ve son sus toperas, y lo importante es distinguirlas de las de otros excavadores.
Topera: montículo redondo y cónico, como un pequeño volcán, de unos 28 cm de diámetro y 10 cm de alto de media (medidas de Bielorrusia). La tierra es suelta, fina y sin raíces, y queda en grumos bastante regulares. El túnel de salida es vertical y está en el centro, tapado por la propia tierra. Las toperas suelen alinearse siguiendo la galería y quedan a distancias bastante regulares. En pastos favorables pueden llegar a varios miles por hectárea. Ojo: un suelo pobre obliga a excavar más, así que el número de toperas habla más de la calidad del suelo que de cuántos topos hay. Aparecen todo el año, con picos en primavera y otoño, y pueden durar meses.
Fortaleza: montículo mucho mayor que levanta sobre el nido y las despensas en suelos encharcados o poco profundos, donde no puede bajar. El nido, de unos 16 × 20 cm, va forrado de hierba seca. No todos los topos las construyen.
Galerías superficiales: crestas de tierra levantada, de vida corta, en tierra recién labrada, arenosa o muy somera. En primavera las hacen sobre todo los jóvenes que se dispersan. Los túneles miden unos 5 cm de diámetro y son ovalados, más anchos que altos. Hay galerías de caza someras, de hasta 30 m excavados en una noche, y galerías permanentes de hasta más de un metro de profundidad.
Frente a los topillos excavadores (Arvicola scherman y A. monticola), la confusión más habitual en Europa:
• Montículo. El del topillo es más plano, alargado e irregular, del tamaño de un puño, con tierra mezclada con raíces y hierba.
• Salida. En el topillo está a un lado y en ángulo de unos 45°.
• Disposición. Los montículos del topillo salen agrupados, no en hilera.
• Túnel. El del topillo es más alto que ancho (unos 5 × 8 cm), con marcas de dientes y sin raíces dentro; en el del topo las paredes están arañadas, no roídas.
• Plantas. Sobre la galería de un topillo, las plantas aparecen roídas o mustias. El topo no come plantas.
• Prueba práctica. Se abre un trozo de galería y se observa: el topillo lo tapona en 2-6 horas; el topo tarda horas o días y lo cierra desde abajo.
En el este de Europa también hay ratas topo (Spalax), que levantan muchos montículos al día y excavan galerías largas y profundas. No hay una comparación publicada y fiable entre sus montículos y los del topo, así que donde conviven conviene no asignar el rastro sin ver al animal.
Las huellas y los excrementos del topo apenas se ven y no tienen descripciones de referencia fiables. En primavera y principios de verano aparecen topos muertos en superficie y en carreteras, sobre todo jóvenes en dispersión.
Ocupa Europa desde Gran Bretaña y el noroeste de Francia hacia el este hasta los ríos Irtish y Obi, en el oeste de Siberia. Por el norte llega al sur de Suecia, Finlandia, Carelia y el río Pechora, hacia los 68° N; por el sur, al norte de Italia y el norte de los Balcanes; y es marginal en el noroeste de Kazajistán. Vive en muchas islas del Báltico, Dinamarca y Gran Bretaña, en Ouessant y Ré (Francia), y en Cres (Croacia), la única del Mediterráneo.
Falta en Irlanda, la isla de Man, las Sorlingas y la mayoría de las islas escocesas. En Francia ocupa sobre todo el norte y el este, y el topo aquitano el sur y el oeste, con el Loira como frontera aproximada pero no estricta. Su presencia real en el lado español de los Pirineos no está confirmada: los topos de esa zona se atribuyen hoy al topo aquitano.
Sube desde el nivel del mar hasta unos 2.700 m en las montañas de Bulgaria. Su hábitat original era el bosque caducifolio, y hoy abunda en prados, pastos, tierras de labor, parques y jardines. Necesita un suelo bastante profundo para excavar y con muchas lombrices: su abundancia sigue a la de las lombrices. Escasea en suelos ácidos (pH por debajo de 4-5), encharcados, muy secos o pedregosos, y es raro en bosques de coníferas, brezales y dunas. En los parques urbanos hacen falta unas 10 ha de zona verde para que se mantenga una población.
Las lombrices son la base de su dieta: aparecen en el 85-100 % de los estómagos analizados en Escocia y el sur de Polonia. Por estación se ha estimado que son en torno al 90 % de lo que come en invierno y la mitad en verano. Entre mayo y julio, las larvas de insectos pueden superar en peso a las lombrices. Esas larvas son sobre todo de escarabajos (sanjuaneros, elatéridos, carábidos), de tipúlidas y otras moscas, y orugas de noctuidos. Come además ciempiés y moluscos, y muy de vez en cuando lagartijas o pequeños roedores. En un pinar de Berlín se encontraron trufas en el 30 % de los estómagos. En general, la dieta refleja lo que hay en el suelo de cada sitio.
Necesita comer cada pocas horas. Un topo de 80-100 g consume 50-60 g diarios, más de la mitad de su peso; en cautividad se han medido consumos del 73-89 %. En otoño acumula despensas de lombrices inmovilizadas junto a los nidos de invierno, con preferencia por las especies grandes.
No sigue el ritmo del día y la noche. Reparte su jornada en tres periodos de actividad de unas 3-5 horas, separados por descansos de duración parecida, y en cada uno recorre una parte distinta de su red de galerías; en total está activo algo más de la mitad del tiempo. En sequía pasa a cuatro periodos diarios y excava más hondo.
Es solitario y territorial. Marca con unas glándulas anales y evita a sus vecinos: un estudio con radiomarcaje calculó que sólo pasa el 0,9 % del tiempo a menos de 6 m de otro topo. Fuera de la época de cría, sus áreas de campeo rondan los 2.300 m² y se solapan poco con las vecinas, pero en primavera los machos las amplían mucho y recorren cientos de metros en busca de hembras. Cuando un territorio queda libre, otro topo lo ocupa en uno o dos días. Las densidades van de 0,2 a 8,5 animales por hectárea. Nada bien y trepa.
El celo va de febrero a mayo, y la hembra sólo es receptiva durante menos de un día. Tras unas cuatro semanas de gestación, los partos llegan entre finales de abril y junio en un nido de hierba seca, con camadas de 2 a 7 crías, normalmente 3 o 4; en el útero se han contado hasta 9 embriones. Suele haber una camada al año, aunque en algunas regiones una minoría de hembras tiene una segunda. Las crías nacen desnudas, con unos 3,5 g; les sale el pelo hacia los 14 días, abren los ojos hacia los 22 y maman entre cuatro y cinco semanas. A las 5-6 semanas se dispersan, a menudo por la superficie, y ése es el momento más peligroso de su vida.
Entre el 64 y el 85 % de los jóvenes muere el primer año, y los adultos tienen una mortalidad anual del 50-60 %. Lo cazan el cárabo, el busardo ratonero, las garzas, las cigüeñas y los córvidos, y también el armiño, la comadreja, el zorro, las martas y el jabalí, además de perros y gatos.
Es una especie abundante y sin problemas de conservación a escala global: sólo en Gran Bretaña se estima que hay unos 40 millones de topos, aunque la cifra es poco fiable. Esa abundancia tiene mérito, porque ha sido perseguido durante siglos. En 1906 se comerciaron en Londres más de un millón de pieles, en los años veinte se exportaban más de 12 millones al año a Estados Unidos y la Unión Soviética llegó a cazar entre 23 y 31 millones anuales en los años treinta, un comercio que se apagó a finales de los ochenta.
Hoy se le sigue controlando como plaga en el campo y en los jardines, y cada país lo trata de forma muy distinta. En el Reino Unido la estricnina se usó contra los topos hasta 2006, cuando perdió la autorización en la revisión europea de plaguicidas; en 2004-2005 todavía se vendió suficiente para matar a casi 800.000. Allí domina ahora el trampeo, que no está regulado, y la especie sólo la amparan las leyes generales contra la crueldad. En Alemania, en cambio, está especialmente protegido y no se puede capturar ni matar sin autorización.
A escala local sí hay poblaciones en mala situación. La de la isla de Cres se considera amenazada en Croacia, y la especie figura en los libros rojos regionales de Vorónezh y Omsk, en Rusia.
Ninguna amenaza pone en peligro a la especie en su conjunto. La principal causa de muerte provocada por el ser humano es la persecución directa con trampas, gas y, hasta hace poco, veneno. La calidad del suelo pesa también: la contaminación por metales pesados ha hecho desaparecer al topo de superficies de 90-100 km² alrededor de focos de cobre, y los suelos ácidos o pobres en lombrices limitan dónde puede vivir.
El clima extremo le afecta de varias maneras. Las sequías lo obligan a excavar más hondo y a gastar más energía, los inviernos fríos aumentan la mortalidad y las inundaciones lo desplazan a terreno alto. Muchos mueren además atropellados, sobre todo los jóvenes en dispersión y los machos en celo, que son los que más se mueven por la superficie.
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