Es, con diferencia, el pinnípedo más numeroso del planeta —y probablemente uno de los mamíferos grandes más abundantes de la Tierra—, con una población estimada en varios millones de individuos, a pesar de que casi nadie fuera de la Antártida ha oído hablar de ella. Su nombre es un error histórico: apenas come cangrejos, y su dieta real, casi exclusivamente kril, se refleja en unos dientes muy peculiares, con cúspides entrelazadas que funcionan como un colador para filtrar a estos diminutos crustáceos del agua.
Cuerpo esbelto y alargado, hocico puntiagudo ligeramente respingón. Pelaje que cambia mucho de tono a lo largo del año: plateado a blanquecino tras la muda, oscureciéndose hasta un pardo grisáceo con manchas el resto del año. Se diferencia de la foca de Weddell por el cuerpo más esbelto y el hocico más puntiagudo, y de la foca leopardo por el tamaño menor y la cabeza mucho menos ancha. Los dientes poscaninos, con cúspides múltiples entrelazadas, son únicos entre los pinnípedos y visibles si el animal bosteza.
Como pinnípedo, deja un rastro de arrastre continuo entre las aletas al desplazarse sobre el hielo, sin huellas de dedos independientes. Muchos individuos presentan cicatrices paralelas largas en el cuerpo, causadas por ataques de orcas o focas leopardo de las que lograron escapar; estas cicatrices son un rasgo casi universal en la especie y un indicio visual característico.
Banquisa antártica y aguas circundantes, con distribución circumpolar; algunos individuos, sobre todo jóvenes, se desplazan en invierno hacia islas subantárticas y ocasionalmente hasta Sudamérica, Sudáfrica, Australia o Nueva Zelanda.
Casi exclusivamente kril antártico, filtrado con unos dientes poscaninos de cúspides entrelazadas que actúan como un colador.
Solitaria o en pequeños grupos sueltos sobre el hielo, aunque puede formar agrupaciones mayores durante la época de cría. Es presa habitual de orcas y focas leopardo, lo que explica la altísima proporción de individuos con cicatrices de ataques.
La evaluación global más reciente, de 2025, mantiene a la especie sin categoría de amenaza gracias a su población enorme y su amplia distribución circumpolar, aunque —como en el resto de focas de hielo antártico— la tendencia real de la población es difícil de determinar con precisión por la dificultad de censar animales tan dispersos.
Pérdida de hielo marino por el cambio climático y posibles cambios en la disponibilidad de kril por el calentamiento del océano Austral, aunque su hábitat remoto la mantiene relativamente protegida frente a otras amenazas más directas.
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