El macho de esta foca tiene uno de los adornos más extravagantes de todo el reino animal: una bolsa de piel elástica sobre el hocico que puede inflar como un globo hasta duplicar el tamaño de la cabeza, y que además es capaz de proyectar hacia fuera a través de un orificio nasal como una vejiga roja brillante, ambos usados para intimidar a rivales y atraer a las hembras. Vive en algunas de las aguas más frías del Atlántico norte, donde cría sobre placas de hielo marino a la deriva durante un periodo asombrosamente breve: la cría se desteta en apenas cuatro días, uno de los periodos de lactancia más cortos conocidos entre los mamíferos. Su fuerte dependencia del hielo marino ártico la ha convertido en una de las focas cuya situación se ha deteriorado más deprisa en los últimos años.
Foca de tamaño grande, pelaje gris plateado con manchas oscuras irregulares muy marcadas, cabeza grande y robusta. El macho adulto porta una prominente bolsa nasal inflable sobre el hocico, ausente en la hembra, que le da un aspecto inconfundible entre las focas del Atlántico norte.
No deja huellas en el sentido habitual, pero sí surcos de arrastre sobre hielo o playas de guijarro. Los excrementos son líquidos y rara vez se encuentran en tierra. La señal más clara de su presencia son las crías solitarias sobre placas de hielo a la deriva, de pelaje gris azulado muy característico desde el nacimiento, a diferencia de otras focas árticas que nacen con lanugo blanco, y los sonidos guturales y el despliegue de la bolsa nasal del macho durante los enfrentamientos territoriales.
Aguas frías y profundas del Atlántico norte y el Ártico, con colonias de cría sobre hielo marino a la deriva en zonas muy concretas y alejadas de la costa. Distribuida por el Atlántico norte, desde el este de Canadá hasta Groenlandia, Svalbard y el mar de Barents.
Se alimenta de una amplia variedad de peces y cefalópodos de aguas profundas, capturados en inmersiones que pueden superar varios cientos de metros.
Forma colonias de cría dispersas sobre placas de hielo a la deriva, con una lactancia extraordinariamente corta de solo unos cuatro días, tras la cual la madre abandona a la cría, que debe valerse por sí misma mucho antes que en la mayoría de las focas. Fuera de la época de cría es más solitaria y realiza desplazamientos amplios siguiendo el hielo marino y la disponibilidad de presas.
La especie ha pasado en los últimos años de una situación de menor preocupación a otra bastante más delicada, con una tendencia de declive documentada en varias de sus zonas de cría que las evaluaciones más recientes atribuyen sobre todo a la pérdida acelerada de hielo marino en el Atlántico norte y el Ártico.
Pérdida de hielo marino por el cambio climático, que reduce y desestabiliza sus plataformas de cría, captura histórica y actual en algunas pesquerías árticas, y contaminación por compuestos persistentes que se acumulan en la grasa.
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