La última foca monje del Caribe confirmada con vida fue vista en 1952 en el banco de Serranilla, un arrecife poco profundo entre Jamaica y la península de Yucatán, y tras cinco años de búsquedas exhaustivas sin un solo avistamiento fiable, el Servicio de Pesquerías de Estados Unidos la declaró oficialmente extinta en 2008. Era la única especie de foca genuinamente tropical de todo el Atlántico, descrita por primera vez por Cristóbal Colón en su segundo viaje, cuando su tripulación mató varias en la actual República Dominicana para comer. Pasó de ser tan abundante que los balleneros del Caribe la cazaban de forma rutinaria como alimento de a bordo a desaparecer por completo en poco más de cuatro siglos de contacto con los europeos.
Medía entre 2 y 2,4 m de longitud, con el cuerpo robusto y pardo grisáceo típico de las focas monje, hocico corto y ancho, y una capa de grasa considerable bajo la piel. Se distinguía de otras focas por ser la única especie de foca que vivía de forma permanente en aguas cálidas del Caribe; sus dos parientes más cercanas, la foca monje del Mediterráneo y la de Hawái, viven en el otro extremo del mundo y no compartían rango con ella.
Se conservan alrededor de una veintena de pieles, cráneos y esqueletos en museos de historia natural de Estados Unidos y Europa, entre ellos la Smithsonian Institution, que reúne buena parte de las colecciones históricas. No existe ningún registro en vídeo de la especie viva, y las fotografías conocidas se cuentan con los dedos de una mano, la mayoría tomadas a principios del siglo XX en colonias ya muy reducidas. El ADN extraído de estos restos de museo ha permitido en años recientes reconstruir su genoma y su parentesco con otras focas monje.
Vivía en playas, cayos y arrecifes de aguas cálidas y poco profundas del mar Caribe, el golfo de México y las Bahamas.
Se alimentaba de peces, pulpos, langostas y otros invertebrados marinos, capturados en aguas costeras poco profundas.
Formaba colonias en playas y cayos aislados para descansar y criar, con escasa desconfianza hacia los humanos, un rasgo que facilitó enormemente su caza directa. Las hembras daban a luz a una sola cría por temporada de reproducción.
La especie fue cazada de forma intensiva desde el siglo XVI por su grasa, que se fundía para obtener aceite, y por su carne, primero por balleneros y pescadores europeos y después por cazadores comerciales que arrasaron las últimas colonias grandes a finales del siglo XIX. La sobrepesca de sus presas y la ocupación humana de las playas donde criaba, sumadas a la caza directa, dejaron a la especie sin colonias reproductoras viables mucho antes de la última observación de 1952.
Es la única foca que se ha extinguido por causas humanas directas, y su caso se cita como referencia en la protección legal actual de las otras dos focas monje que sobreviven, la del Mediterráneo y la de Hawái, ambas en peligro crítico y sometidas hoy a programas activos de protección de playas de cría y prohibición total de caza. Su pérdida también impulsó la creación de áreas marinas protegidas en varias zonas del Caribe donde antes existían colonias.
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